Alianza de Matrimonio

Aunque vivimos en la edad de los derechos, es fácil olvidar nuestros derechos de nacimiento, los que tenemos como criaturas hechas a la imagen Dios. Todo ser humano tiene derecho a mirar a los ojos de al menos una persona y confiar en ella totalmente, sabiendo que esa persona nunca le hará daño deliberadamente y que sólo buscará su bien. Toda persona casada debería poder hacerlo. Esa confianza refleja la naturaleza de Dios mismo y su corazón para el hombre. Hay maneras de establecer esa confianza y maneras de destruirla.
La virginidad fue una vez signo de virtud. Intercambiarla por placer egoísta en vez de mantenerte puro para tu esposo o esposa, se consideraba bajo y despreciable. La mujer lleva un signo de virginidad en su carne, una cobertura sobre su parte más íntima y privada. Tras este signo se encuentra la esencia de su identidad en la creación: ella es la portadora de vida. Este era el significado del nombre de la primera mujer, Havah (Eva), la madre de todos los vivientes. Cuando una mujer se reservaba para su marido, mostraba que también estaba reservado todo su ser, su vida entera y su amor; todo sólo para él. Que una joven guardase su corazón de tal manera, fue una vez signo de nobleza. Hoy por el contrario se toma a la ligera y perder la virginidad se ve como algo sin consecuencias; pero en verdad las tiene, y son graves.
Cuando un joven se guardaba puro para el día de su boda, demostraba que no estaba dispuesto a ser “un chico más” y que había llegado a la edad adulta. Un adulto es alguien que ha aprendido a poner de lado su naturaleza egoísta y es capaz de buscar el bien de otros. Alguna gente nunca llega a ser adulta.
No nos equivoquemos, toda relación sexual fuera del matrimonio es egoísta y carece de fundamento. Un hombre que se guardase puro sólo desearía una mujer que se guardase pura. Un hombre que se guardase puro demostraría que teme y honra a su Creador.
Violar tu conciencia en un asunto tan fundamental tiene un costo inevitable, un daño irreparable en tu habilidad para llegar a tener relaciones profundas. Laa relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio, o entre personas del mismo sexo, distorsiona algo en la naturaleza del hombre o la mujer. Daña el aspecto que más nos asemeja a Dios: la habilidad de los hombres para hacer y guardar una alianza.
Hombres y mujeres, todos necesitamos amigos, necesitamos a otros seres humanos que no teman pagar el precio de ser un verdadero amigo. Una vez que te metes en la vida de alguien, no le vas a abandonar cuando vengan las dificultades, sino que vas a salvar todas las circunstancias: “hoy por ti y mañana por mí”. Las relaciones ocasionales, el sexo casual y vivir juntos, todo evita el compromiso de amistad para toda la vida. Las demandas que conlleva la amistad son demasiado altas para el corazón egoísta. Mas, sin amistad, hombres y mujeres quedarán incompletos e incapaces de desarrollarse plenamente. Sus personalidades y caracteres permanecerán fragmentados e inmaduros. Puedes ver el resultado en la sociedad actual, una tragedia.
La palabra alianza ha perdido su significado, para la mayoría el concepto más cercano sería el de “contrato”. En vez de entrar en la alianza del matrimonio, las parejas firman acuerdos prematrimoniales, dividiéndose los bienes como anticipación del día en que su mutuo egoísmo no les permita vivir juntos por más tiempo. Pero en realidad y según la verdad que todos conocemos, hay algo profundo en el corazón de cada persona que anhela hacer una alianza con otra. Una alianza de sangre es el más cercano, más duradero, más solemne y sagrado de los pactos. Aquellos que hagan una alianza serán leales hasta el punto de derramar su propia sangre. Por eso se derrama sangre cuando se hace una alianza, porque significa que este acuerdo se hace a expensas de tu propia vida.
El deseo de estar unidos en alianzas, de prometer a otro ser humano tu vida, amor y protección hasta la muerte, es innato en todo hombre y mujer. Está en los seres humanos porque está en su Creador. Ellos son como Él. Este deseo se encuentra tras el deseo de casarse. El matrimonio es una alianza de sangre que queda sellada con el derramamiento de sangre en la unión de los desposados. La alianza del matrimonio es hasta la muerte. El que la rompe, merece la muerte.
El hombre que se acuesta con una virgen y la abandona es un traidor, nunca más será digno de confianza. La virgen que se acuesta con un hombre y le abandona toma la naturaleza de una prostituta, reciba o no su paga en dinero o de otra forma. Ambos han dado la espalda al verdadero significado de hacerse una sola carne en la unión sexual, unión que establece el lazo del matrimonio y que significa que todos los demás aspectos de su relación están a punto y correctos. Esa unión intensifica las personalidades de ambos, hombre y mujer, es el fundamento de toda confianza entre ellos y es la base de toda sociedad moral. Cuando falta esa confianza es porque el hombre y/o la mujer han dado la espalda a su derecho de nacimiento. El derecho de nacimiento es ser como su Creador. Como Él, los hombres y mujeres que verdaderamente hacen una alianza, nunca la rompen, cueste lo que cueste.
La unión física íntima de un hombre y una mujer es la declaración más profunda de que ambos entregan su vida el uno al otro, su cuerpo, su ser entero y todo su amor. Este es un estándar absoluto en la conciencia de toda persona. Si la moral natural del hombre se rompe, la naturaleza física también. Por eso si hay un buen comienzo, la vida y el fruto de tal unión serán buenos. Y también se verá el resultado de tal unión: una vida marital feliz y niños deseados que crecerán para ser adultos responsables y morales que respetarán a otros seres humanos. Esta es la base sobre la que se apoya la sociedad humana y sin ella, la sociedad se desmorona como está ocurriendo hoy.
Yahshua, el Hijo de Dios, dijo: “Todo buen árbol da buen fruto pero el mal árbol da mal fruto” (Mateo 7:17). El hijo deseado y el indeseado están marcados
para toda su vida. Vivirán de acuerdo a la seguridad y autoridad que hayan o no, conocido. La falta de buen fruto remite inevitablemente a un mal comienzo: la intimidad sexual de los padres no era precisamente la más alta expresión de amor entre ellos. El egoísmo engendra egoísmo y la inseguridad engendra inseguridad.
¡Que duro es enderezar el árbol que se torció en su juventud!
¿Hasta qué punto tiene consecuencias la falta de unidad en las relaciones sexuales? ¿Es grave que un niño ni siquiera conozca a su padre porque no amó a su madre lo suficiente como para casarse con ella?
¿Hasta que punto es serio violar la alianza del matrimonio?
Es realmente serio. Lo que se perdió no puede recuperarse. Es como un virus mortal que ha infectado el cuerpo. Una vez contraído desencadena toda una serie de reacciones que se suceden hasta que alcanzan el resultado final. Contraer la enfermedad es estar condenado. El pecado también es así. Pecado es romper la “Alianza Eterna de la Conciencia”.
Sólo hay un remedio para el virus mortal del pecado. Se encuentra en la Nueva Alianza con nuestro Maestro Yahshua. Él derramó la sangre que se requería para sellar esta Nueva Alianza, y lo hizo por amor a nosotros, para que pudiésemos vivir y entregarle nuestras vidas. La paz de su perdón es muy real; no tiene precio. Darle a Él todo es la única respuesta.

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