Quienes somos

Todo empezó hace treinta años cuando un pequeño grupo de personas abandonaba la cultura del mundo, el sistema, para vivir de una manera dife­rente. Por aquel entonces casi todos eran solteros, pero pronto hubo familias con hijos y más tarde, también nietos. Más y más, fue añadiéndose gente que entregaba sus casas, negocios y granjas para que esta nueva vida fue­ra posible. Algo nuevo y sorprendente estaba sucediendo. Una revelación nos estaba llegando, dándonos la convicción de tener algo por lo que vivir y también la seguridad de estar siendo guiados. Esto hacía posible que pudiéramos vencer el miedo y el egoísmo, y vivir unos para otros. Entonces comenzamos a entender algunas de las cosas que están es­critas en la Biblia desde hace tanto tiempo:

Jesús dijo: “En verdad os digo: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras por causa de mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna.” (Mc 10: 29-30)

Al granjero que entregara su granja, se le prometían cien granjas. Aquellos que entregaran casas, recibirían cien por la que entregaron. Y todos los que dejaran familia, padres, hermanos o amigos para ser discípulos, a cambio, vivirían en aquellos cientos de casas o granjas donde compartirían una abundante vida social con cientos de hermanos, hermanas, amigos, padres e hijos. ¿Qué otra cosa nos querría decir nuestro Maestro con aquellas palabras? Descubrimos que nos estaba hablando del comienzo de una nueva cultura, del nacimiento de una nueva nación espiritual. Y eso era en lo que estábamos inmersos. Pronto empezamos a basar nuestra economía en industrias caseras, productos de granja y artesanía; esto nos permi­tía trabajar en casa juntos. También empezamos a hacer nuestra propia ropa, que reflejaba la pureza y el respeto que tenemos unos por otros. Movidos por una profunda con­vicción, decidimos educar nuestros hijos con la máxima atención, porque nos dimos cuenta de que todo lo que estábamos haciendo iba a resultar en vano si dejábamos que nuestros niños fueran influenciados por la corriente del mundo: independen­cia, falta de respeto, inmoralidad... Y de este modo, guiados a cada paso por nuestro Dios, nos íbamos diferenciando más y más del mun­do.

Y así seguimos hoy. Esta nueva cultura se mantie­ne pura porque no permite que entre en ella nada extraño o sucio que pueda contaminarla. Uno debe abandonarlo todo para for­mar parte de ella; no solo bienes materiales, sino también opi­niones fuertes, filosofías, ideas políticas, prejuicios, miedos o fantasías. Vivimos una vida de compa­sión práctica: si vemos que alguien necesita medias, se las damos. Si al­guno no sabe cómo mantener limpia su habitación, otro le enseña. Si no sabe trabajar, también puede aprender. Trabajamos, cantamos, danzamos y comemos juntos cada día. Nuestras comidas son simples y nutritivas. No seguimos “modas dietéticas”, simplemente tomamos ali­mentos frescos y naturales. Día tras día, conociendo, amando y obedeciendo a nuestro Maestro Yahshua, (Jesús, en castellano) entendemos más y más cómo debe ser esta nueva cultura. Hemos aprendido que Dios se revela a aquellos que le obedecen1. Sin revelación no podríamos vivir de esta manera. Nuestro Padre nos habla a través de nuestros hermanos y hermanas, por eso, dos veces al día nos reunimos, formando un círculo, para escuchar unos de otros. Hombres, mujeres, jóvenes, todos pueden hablar y son escuchados. Así nuestro Dios nos revela su mente y su corazón. De esta manera, recibimos la sabiduría y entendimiento que necesitamos para resolver los problemas, situaciones y múltiples circunstancias que se presentan diariamente en nuestra vida.

Lo más importante son nuestros niños. Son muy especiales para nosotros. Los respetamos, apreciamos y escuchamos. Tienen sitio en nuestra vida y por eso los incluimos en todo. Porque este es su pueblo, su cultura y su herencia. Todo lo que tenemos les pertenece. No los dejamos a su aire, ni dejamos que su alma se llene de futbolistas, motocicletas o artistas de cine. Tampoco necesitamos la televisión. El modo en que educamos a nuestros hijos les da dignidad y confianza. En nuestro entorno aprenden a disfrutar y a relacionarse con gente de todas las edades. También tienen abundantes oportunidades de practicar la gentileza y la hospitalidad con nuestros invitados, lo cual resulta casi insólito en un mundo en el que la gente está cada vez más atemorizada, y se siente insegura de hablar con desconocidos. Nuestros niños están aprendiendo, igual que nosotros, a poner de lado sus intereses egoístas, para construir juntos una nación, en vez de edificar cada uno su propio reino. Les enseñamos a hacer las cosas de todo corazón y perseverar hasta el final. Nuestro Maestro dijo: ...así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. (Mt. 20:28) Los lazos entre generaciones están siendo restaurados y fortalecidos como uno de los aspectos esenciales de nuestra nueva cultura. Los niños son deseados desde la concepción, disfrutamos con nuestros hijos. Los padres comparten todo lo que tienen con ellos, toda su sabiduría y experiencia, así como su fe y esperanza en el futuro. Esta nueva cultura está emergiendo en diversos puntos del planeta, y un día, cuando sea totalmente pura y perfecta, nuestro Maestro Yahshua volverá y limpiará la Tierra de todo rastro de la vieja cultura, dando comienzo a una vida totalmente nueva, en la que los hombres podrán vivir en paz. En esta nueva era, su Vida llenará la Tierra... y se extenderá y extenderá hasta llenar el universo con su amor. (1. Juan 14: 21)

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